Tenía el corazón en llamas y los huesos calados con mis lágrimas. Las horas me deshacían poco a poco con tanta fuerza que casi era incapaz de sostener mi ánimo en pie. Mis manos temblaban al compás de mis suspiros gracias al frío de mis penas y los oídos se empeñaban en no querer escuchar. Las huellas de la felicidad que tuve un día se desvanecían y las de dolor quedaban marcadas con sangre para evitar ser borradas. No debí quererte pero sin pensar en las consecuencias, te quise.